“Sonríe, gilipollas”
No puedo dormir y tu voz me despierta cada segundo, sólo para mirarme desde una esquina. El aire es raro, el eco es raro, los sonidos de la noche son raros, y, en cambio, yo me siento normal. Pero normal es demasiado bueno para mi. Siento el contacto frío de los pies en el suelo, mientras me levanto y me voy. Salgo por la puerta sin zapatillas, los pies contra el asfalto y las jeringuillas rotas de los anuncios de concienciación. Y es una sensación jodidamente maravillosa.
Un tipo que me mira, su perro me ladra, pero parecer un puto zombie sonámbulo te da derecho a andar como un imbécil descalzo por la calle en plena noche. Nadie se acerca a ti, das ese miedo que dan los locos que parecen inofensivos o los portales demasiado escondidos. No parece peligroso, pero quizás lo sea. La gente es tan precavida que aburre.
Paso por delante de casa, y se me cae una lágrima. Vacía, desierta, muerta. Sólo se ve la silueta de una mujer sentada en un sofá delante de la tele, pensando en comprar un aparato de gimnasia pasiva o un cuchillo cojonudo última generación que pela patatas y parte tomates solo, en lugar de hacer cualquier otra cosa.
Sigo andando. Al fin y al cabo no tengo nada mejor que hacer. Creo que tengo los ojos inyectados en sangre y voy rechinando los dientes. Mañana empiezo la terapia. Creo que esto no me conviene, ni a mi ni a nadie. Salto una verja de hierro y siento el dolor en los pies de caer desde dos metros y medio de altura. Pero que más da.
El aire, el eco, los sonidos de la noche... y yo. ¿Quién sabe lo que es raro o no? La vida es demasiado corta como para ser normal. Pero demasiado larga como para ser real.
Arrastro mis pies desnudos sobre la tierra y llego hasta allí. Y como cada noche, de cada día, de cada mes, de cada año desde hace siete, mastico, sonrío y vomito entre dientes las mismas palabras, dirigidas a tu lápida:
“Sonríe, gilipollas”
sábado, 28 de mayo de 2011
Last fire
-Y tú, ¿Cómo te llamas?
-Jess.
-¿Y te funciona, Jess?
-¿Perdón?
-Que si fumar te quita los problemas.
-Supongo que por un momento, si.
El tipo se rió. Le dió una larga calada a su cigarro, como si le fuera la vida en ello, como si lo estuviera besando, como si fuera lo único con lo que aferrarse al mundo.
-¿Y usted?
-Por Dios, no tengo tantos años. Háblame normal, joder. ¿Cuantos me echas?
-Unos treinta.
-Bah, pero es por la barba. Hay un momento en el que mola, pero después afeitarte a diario es un coñazo.
-¿Y cuántos tienes?
-Hoy, quince. Normalmente treinta y uno.- Jess le miró con aire desconcertado.- ¿Que te pasa?
-No, pensé que tendrías menos, por lo que habías dicho.
-¿Y tu? ¿Doce?
-Dieciocho.
-Entonces ya has vivido casi todo lo que te marcará de por vida sin saberlo. Tienes edad para fumar.
Se quedaron en silencio, fumando a la puerta de aquel bar. Después, el chico rompió el silencio.
-¿Y por que fuma?
-¿Quién?
-Eh... usted. Perdón... tú.
-¿Y por qué no?- Jess titubeó un momento.
-Porque... porque mata, supongo.
-¿Me estas diciendo que si no fumo no me voy a morir?
-No... pero... antes.
-¿Y? Cuando era como tu no quería envejecer. Ahora creo que está bien, hasta cierto punto.
-Pues deja de fumar.
Le dio una calada a su cigarro.
-No. Aunque puede que mañana. Y esto es la primera vez que lo digo o lo pienso.
-¿Y porque mañana?
-Porque, querido Jess, mi mujer me acaba de informar de que voy a ser padre.- Mientras lo decía puso una mueca de disgusto. Después se le escapó una sonrisa. El chico le correspondió con otra.
-Ojalá un día encuentre a esa mujer de mi vida.
-Eso no existe.- Dijo el hombre sin perder la sonrisa.- Lo más probable es que siempre hayas sabido quién es. Pero nunca te atreverás a reconocerlo. Vendrán una, y otra, y otra. Y una de ellas será tan impresionante que decidirás que es ella, y que vale la pena perder la vida. Pero llegará la mañana de resaca y, con un dolor de cabeza horrible y el estómago como si te hubieran estado disparando toda la noche, te darás cuenta de que así no eres feliz. Y cuando te gires, la que siempre has sabido, la “ella” de verdad, se habrá ido. Entonces estarás jodido.
-¿Y si no hay “ella”?
-Siempre hay ella.
El hombre terminó su cigarro y lo tiró lejos. Se puso en pie y fue a entrar en el local. Mientras empujó la puerta se giró hacia Jess y le dijo un número de teléfono. Después añadió:
-He visto que tienes una mochila enorme ahí dentro como para que sean tus libros del cole. Si necesitas un sitio para dormir llámame y ven a mi casa.
-Gracias.
-No me gustan los vagabundos de preescolar.
Jess se mordió la sonrisa, como siempre. Cuando seguramente ya ni le oiría, llamó:
-¿Como había dicho que se llamaba?.- El hombre volvió a asomar su cabeza por la puerta, sonriendo.
-¿Quién?
-Perdón. Tú.
-Deja de pedir perdón. Si te arrepientes tanto es que tienes que empezar a hacer algo bien.- Se acercó a él y se sentó de nuevo, sacando otro cigarro.- Es el último. De verdad.
-¿Y como te llamas?
-Adam.
-Jess.
-¿Y te funciona, Jess?
-¿Perdón?
-Que si fumar te quita los problemas.
-Supongo que por un momento, si.
El tipo se rió. Le dió una larga calada a su cigarro, como si le fuera la vida en ello, como si lo estuviera besando, como si fuera lo único con lo que aferrarse al mundo.
-¿Y usted?
-Por Dios, no tengo tantos años. Háblame normal, joder. ¿Cuantos me echas?
-Unos treinta.
-Bah, pero es por la barba. Hay un momento en el que mola, pero después afeitarte a diario es un coñazo.
-¿Y cuántos tienes?
-Hoy, quince. Normalmente treinta y uno.- Jess le miró con aire desconcertado.- ¿Que te pasa?
-No, pensé que tendrías menos, por lo que habías dicho.
-¿Y tu? ¿Doce?
-Dieciocho.
-Entonces ya has vivido casi todo lo que te marcará de por vida sin saberlo. Tienes edad para fumar.
Se quedaron en silencio, fumando a la puerta de aquel bar. Después, el chico rompió el silencio.
-¿Y por que fuma?
-¿Quién?
-Eh... usted. Perdón... tú.
-¿Y por qué no?- Jess titubeó un momento.
-Porque... porque mata, supongo.
-¿Me estas diciendo que si no fumo no me voy a morir?
-No... pero... antes.
-¿Y? Cuando era como tu no quería envejecer. Ahora creo que está bien, hasta cierto punto.
-Pues deja de fumar.
Le dio una calada a su cigarro.
-No. Aunque puede que mañana. Y esto es la primera vez que lo digo o lo pienso.
-¿Y porque mañana?
-Porque, querido Jess, mi mujer me acaba de informar de que voy a ser padre.- Mientras lo decía puso una mueca de disgusto. Después se le escapó una sonrisa. El chico le correspondió con otra.
-Ojalá un día encuentre a esa mujer de mi vida.
-Eso no existe.- Dijo el hombre sin perder la sonrisa.- Lo más probable es que siempre hayas sabido quién es. Pero nunca te atreverás a reconocerlo. Vendrán una, y otra, y otra. Y una de ellas será tan impresionante que decidirás que es ella, y que vale la pena perder la vida. Pero llegará la mañana de resaca y, con un dolor de cabeza horrible y el estómago como si te hubieran estado disparando toda la noche, te darás cuenta de que así no eres feliz. Y cuando te gires, la que siempre has sabido, la “ella” de verdad, se habrá ido. Entonces estarás jodido.
-¿Y si no hay “ella”?
-Siempre hay ella.
El hombre terminó su cigarro y lo tiró lejos. Se puso en pie y fue a entrar en el local. Mientras empujó la puerta se giró hacia Jess y le dijo un número de teléfono. Después añadió:
-He visto que tienes una mochila enorme ahí dentro como para que sean tus libros del cole. Si necesitas un sitio para dormir llámame y ven a mi casa.
-Gracias.
-No me gustan los vagabundos de preescolar.
Jess se mordió la sonrisa, como siempre. Cuando seguramente ya ni le oiría, llamó:
-¿Como había dicho que se llamaba?.- El hombre volvió a asomar su cabeza por la puerta, sonriendo.
-¿Quién?
-Perdón. Tú.
-Deja de pedir perdón. Si te arrepientes tanto es que tienes que empezar a hacer algo bien.- Se acercó a él y se sentó de nuevo, sacando otro cigarro.- Es el último. De verdad.
-¿Y como te llamas?
-Adam.
Sex.Violence.Other.
Miradas de blues y alcohol del que te quema por dentro. Notas disonantes que juntas suenan que te cagas. Mi corbata tejida por las mismas penas de siempre. Y, por supuesto, un puñetazo en el ojo que me recuerde que no todo lo que veo es mentira, y que todo lo que toso es verdad.
Mírame con odio, búscame en la barra del bar. Luego te amaré y torturaré como siempre, como cada minuto desde que llegué a tu corazón y a tu cama. Y después, salgo de tu habitación con el labio amoratado y la sonrisa torcida.
Mi corbata, tus medias, mis ojos, tus reglas.
Una risa ácida y un desgarro en el cuello. Y yo sigo buscando tu aorta con la misma pasión de cada día, intentando no perderme entre todos los insultos que me dediques. Si no me lo hicieras no serías tu. Si no te lo hiciera no sería yo.
Humo, tanto humo que parezca que todo valió la pena. Y fuego.
Fóllame y luego hazme el amor. Y quédate dormida con el sol.
Mírame con odio, búscame en la barra del bar. Luego te amaré y torturaré como siempre, como cada minuto desde que llegué a tu corazón y a tu cama. Y después, salgo de tu habitación con el labio amoratado y la sonrisa torcida.
Mi corbata, tus medias, mis ojos, tus reglas.
Una risa ácida y un desgarro en el cuello. Y yo sigo buscando tu aorta con la misma pasión de cada día, intentando no perderme entre todos los insultos que me dediques. Si no me lo hicieras no serías tu. Si no te lo hiciera no sería yo.
Humo, tanto humo que parezca que todo valió la pena. Y fuego.
Fóllame y luego hazme el amor. Y quédate dormida con el sol.
It's been a long, long time
- No te estoy diciendo que tu carrera sea inútil, sólo que es estúpida, como un piercing en un pezón.
- No, yo no estoy de acuerdo. Puede que geología no sea algo que le interese a todo el mundo, pero joder, si a Tim le gusta por qué no la va a hacer.
- Gracias.
- David, ya se que te encanta defender a todo el mundo, pero esto no.
David carraspeó, bebió un trago y miró al único que aún no había hablado:
- ¿Y tu, Hank?
- Yo mejor no opino.
- Normal, si eres de bellas artes que vas a opinar. Sois una gente guay, al margen del mundo
- Ya sé que crees que tu opinión es magnífica, y digna de ser escuchada siempre, Adam, pero déjalo.
- Bah.- Y Adam bajó la vista y volvió a su cigarro. David siguió mirándole mal.
- Y no sé de dónde te has sacado eso de fumar, pero es una costumbre que no me gusta nada. ¿No sabes que eso mata?
- Si, me lo pone en las cajetillas. Las tabacaleras son gente maja, te avisan. No he visto ninguna fábrica de pasas que te avisen de que te puedes morir de asco comiéndolas, o una de coches que te diga que si intentas llegar hasta el final en el velocímetro el coche explota.
- ¿De verdad? - Intervino Tim.
- Yo que se Tim, nunca lo he hecho. Es como el Tetris, nadie se lo pasará nunca.
- Deja de hacerte el monologuista ya, por Dios. No se cómo te aguanta Susie.
- Yo tampoco.
Todos se quedaron en silencio, mientras Hank oteaba la barra en busca de presas fáciles. De pronto, se giró hacia Adam y dijo:
-¿Que tienes en contra de los piercings en el pezón?
- No, yo no estoy de acuerdo. Puede que geología no sea algo que le interese a todo el mundo, pero joder, si a Tim le gusta por qué no la va a hacer.
- Gracias.
- David, ya se que te encanta defender a todo el mundo, pero esto no.
David carraspeó, bebió un trago y miró al único que aún no había hablado:
- ¿Y tu, Hank?
- Yo mejor no opino.
- Normal, si eres de bellas artes que vas a opinar. Sois una gente guay, al margen del mundo
- Ya sé que crees que tu opinión es magnífica, y digna de ser escuchada siempre, Adam, pero déjalo.
- Bah.- Y Adam bajó la vista y volvió a su cigarro. David siguió mirándole mal.
- Y no sé de dónde te has sacado eso de fumar, pero es una costumbre que no me gusta nada. ¿No sabes que eso mata?
- Si, me lo pone en las cajetillas. Las tabacaleras son gente maja, te avisan. No he visto ninguna fábrica de pasas que te avisen de que te puedes morir de asco comiéndolas, o una de coches que te diga que si intentas llegar hasta el final en el velocímetro el coche explota.
- ¿De verdad? - Intervino Tim.
- Yo que se Tim, nunca lo he hecho. Es como el Tetris, nadie se lo pasará nunca.
- Deja de hacerte el monologuista ya, por Dios. No se cómo te aguanta Susie.
- Yo tampoco.
Todos se quedaron en silencio, mientras Hank oteaba la barra en busca de presas fáciles. De pronto, se giró hacia Adam y dijo:
-¿Que tienes en contra de los piercings en el pezón?
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